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© textos de las entradas: Román Montull (twitter: @eusbio)
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miércoles, 25 de julio de 2012

El BOSQUE, fuente de VIDA (…y los INCENDIOS FORESTALES que la destruyen, año tras año !)

Los bosques ibéricos
Diversas pinceladas de algunos de los ambientes boscosos típicos de la Península Ibérica, con las especies de fauna asociada más características. Ricos ecosistemas que hay que conservar a toda costa, en su estado más natural posible !!!.

Aquí abajo se muestran, de manera muy escueta, dos de los ambientes representativos de la rica diversidad de hábitats consecuencia de la variada orografía que puede encontrarse en la península. A la izquierda, la dehesa ibérica y el monte mediterráneo, donde cría una de las especies más emblemáticas de ese ambiente, la amenazada águila imperial ibérica (Aquila adalberti). A la derecha, las zonas montañosas presentes en diferentes puntos de la geografía ibérica, con sus bosques de coníferas de pinos silvestres y pinos negros, donde es posible observar encaramadas a los agrestes riscos a las montaraces cabras monteses (Capra pyrenaica) y, en las zonas mejor conservadas, deleitarse con el vuelo de esa bella y escasa rapaz necrófaga, el majestuoso quebrantahuesos (Gypaetus barbatus).

(témpera; medidas original, sin marco: 59 x 38 cm.)



(témpera; medidas original, sin marco: 59 x 38 cm.)


En los PIRINEOS. En este corte transversal de los Pirineos puede apreciarse como los bosques van cambiando conforme cambia la altitud, al igual que ocurre en otras cadenas montañosas, como consecuencia de sus diferentes adaptaciones para poder conservar la humedad necesaria y aguantar la insolación existente, según las diferentes orientaciones del terreno. De menor a mayor altitud, en la ladera sur y solanas -izquierda de la ilustración-, se observa la típica zonación de encinares, diferentes tipos de robledales, pinares de pino silvestre y de pino negro, pastizales de altura y peladas rocas y/o neveros. En algunas zonas mas umbrías y sobre todo en las laderas con orientación norte -derecha de la ilustración- también hay extensas franjas de hayedos, por debajo del nivel de los pinos. En cada nivel de vegetación puede verse alguno de los representantes faunísticos más típicos del mismo.


El encinar
El bosque mediterráneo más representativo es el encinar, adaptado a una cierta sequedad, pero, muy frondoso y lleno de lianas allá donde la humedad así lo permite. Presenta una rica variedad de hierbas y arbustos y todo tipo de plantas trepadoras que constituyen el hábitat ideal para muchas especies de la fauna ibérica, algunas de ellas representadas en las dos ilustraciones de abajo. A la izquierda de la ilustración, formando una especie de bosque muy abierto, la dehesa, debida a una cierta intervención humana, modelo muy rico en especies que ha propiciado un equilibro casi perfecto entre la explotación de los recursos naturales y la abundancia de biodiversidad. A la derecha de la ilustración y en siguiente de abajo, el típico encinar frondoso, con sus especies características.

(témpera; medidas original, sin marco: 59 x 34 cm.)

(témpera; medidas original, con marco: 32 x 26 cm.)

El bosque templado
Otro bosque típico de nuestras latitudes, allá donde el suelo y la humedad lo permite, y de gran parte de la Europa Central, es el bosque templado formado por árboles planifolios de hoja caduca: robles, hayas, etc., caracterizado por tener suelos húmedos y fértiles más o menos profundos y por el gran cambio de aspecto estacional que presenta, según sea primavera-verano u otoño-invierno, sobretodo debido a la presencia-caída de las hojas, consecuencia de la adaptación a la mayor o menor radiación y la consecuente capacidad de respuesta fotosintética necesaria para un balance energético positivo que posibilite el crecimiento de los árboles que lo forman. Todos esos cambios hacen que sea un bosque del todo espectacular en su conjunto ya que, a lo largo del proceso de crecimiento-pérdida de hojas, los colores de los pigmentos predominantes en las mismas van manifestándose de manera diferencial y hacen que el bosque en su conjunto, en algunos momentos, sea como una inmensa paleta de colores.

(témpera; medidas original, sin marco: 59 x 27 cm.)

En estas dos ilustraciones, pueden verse las especies más típicas que forman el entramado básico de la comunidad que habita los bosques tipo robledal

(témpera; medidas original, sin marco: 26 x 19 cm.)

(témpera; medidas original, sin marco: 30 x 21,5 cm.)

Dos pinceladas muy básicas de ambientes forestales: cada rincón está lleno de vida y cada especie explota su nicho de la manera más efectiva posible

(témpera; medidas totales, con marco: 27 x 22 cm.)
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INCENDIOS, la lacra de cada verano !!
Con una enorme pena por los incendios que asolan una y otra vez los paisajes mediterráneos, especialmente dramáticos este año 2012, como consecuencia de un cúmulo de nefastas circunstancias tales como: la gran sequedad existente, la falta de adecuadas políticas de gestión sostenible de los bosques que hacen que se potencien las especies resinosas una veces y que se acumule gran cantidad de masa vegetal inflamable en el sotobosque en otros casos, el recorte irresponsable en medidas preventivas y de recursos para la extinción por parte de las administraciones públicas y, sobretodo, la inconsciencia o mala fe y supina ignorancia por parte de algunas personas (o mejor energúmenos, en algunos casos !) que, con sus actos voluntarios o involuntarios, provocan unos daños terribles en todo el ecosistema y en los bienes públicos y privados -cuando no muertes directamente–, que tienen muy difícil reparación y destrozan lo que a la naturaleza y las personas les ha costado muchísimo tiempo y esfuerzo ir construyendo poco a poco. Todo ello constituye una gran perdida de riqueza, ya que los bosques:

- protegen el suelo contra la desertización
- refrescan el ambiente y palían la sequía
- producen el oxígeno que respiramos
- eliminan el dióxido de carbono que causa el "efecto invernadero"
- limpian el aire de polvo y contaminantes
- son lugar de descanso y ocio
- producen gran cantidad de frutos útiles o saborosos (bellotas, castañas, piñones, etc.)
- nos dan un sinfin de alimentos (mermeladas, miel, setas, etc.) y materias primas (madera, corcho, pasta de papel, etc.)
- constituyen el hogar de muchas especies de animales

Cuando se queman, perdemos una incalculable riqueza ecológica y una gran fuente de beneficios de todo tipo para toda la humanidad.

El antes y el después del incendio
Dadas las características del clima mediterráneo, en determinados momentos concurren ciertas circunstancias que hacen inevitable la existencia de incendios forestales; por ejemplo: los provocados por los rayos de las tormentas secas cuando se dan sequías persistentes y que pueden extenderse rápidamente por la acción del viento. A estos incendios, que vienen produciéndose desde siempre, la vegetación ha tenido tiempo de adaptarse e incluso a veces son favorables para el desarrollo de la misma y las especies de esas comunidades vegetales presentan estrategias tendentes a  minimizar los daños producidos por el fuego o a utilizarlo como medio de dispersión de semillas.

El problema es el gran aumento y la repetición de los incendios en un periodo de tiempo relativamente breve, como los experimentados en las últimas décadas, tanto en número de incendios como en extensión quemada, favorecido en gran medida por los cambios producidos en el propio mundo rural y en los usos o mala gestión del bosque, que ya hemos comentado antes. Ello ha comportado el abandono de muchos cultivos y su posterior recolonización por un bosque todavía joven, es decir en las primeras fases de su sucesión hacia un ecosistema maduro, con una preponderancia de especies altamente inflamables. Por contra, muchos de los bosques que antes se explotaban para sacar madera, ahora están semiabandonados por su baja rentabilidad, lo que provoca un crecimiento excesivo de la masa del sotobosque, la cual, cuando llega el incendio, es un excelente combustible que ayuda a magnificar el fuego y a extenderlo.

A eso hay que sumar la sequía producida en acuíferos y fuentes por la excesiva demanda de agua para usos humanos diversos y la proliferación de infraestructuras (urbanizaciones, líneas eléctricas, vertederos, etc.) cerca de las masas boscosas para satisfacer a un creciente turismo, muchas veces poco respetuoso con el medio que visita y causa directa de un determinado porcentaje de los incendios.

(témpera; medidas original, sin marco: 26 x 8 cm.)

¿Y después qué?
Si bien el aspecto del terreno tras un incendio es desesperanzador, no todo está perdido. La naturaleza tiene mecanismos de regeneración, mediante los cuales los bosques pueden recuperarse. Tal como ya hemos comentado, la regeneración de un bosque quemado se inicia gracias a ciertas estrategias que muchas plantas han adquirido tras años de evolución en la zona mediterránea, donde nunca han sido raros los incendios forestales. En este sentido, podemos mencionar tres tipos de estrategias en las plantas afectadas:

Las plantas PIRORRESISTENTES (resistentes al fuego) tienen algunas partes de su cuerpo muy bien protegidas, de manera que no se llegan a quemar y reverdecen poco después de un incendio. Destacan los alcornoques, que gracias a su gruesa corteza sólo pierden las hojas, y también una serie de arbustos y árboles que tienen la capacidad de rebrotar rápidamente desde sus raíces, tales como encinas, robles, madroños, brezos, palmitos, etc.
Las plantas PIRÓFITAS ("amantes" del fuego) son muy combustibles pero poseen semillas que no se queman. Por ello resultan menos perjudicadas que las otras plantas por los incendios y es típico ver que pinos, jaras, aliagas y romeros se han extendido notablemente por las zonas quemadas al cabo de 3 o 4 años.
Las plantas OPORTUNISTAS son hierbas que producen muchas semillas que germinan y crecen muy rápido en terrenos descubiertos. Tienen gran importancia ecológica tras los incendios, ya que protegen el suelo de la erosión y suponen una fuente de alimento para los animales supervivientes.

Desde los días siguientes al incendio todas estas estrategias entran en funcionamiento. Dentro del primer mes ya es posible ver los primeros rebrotes de las plantas pirorresistentes y, a poco que llueva, germinan las primeras semillas. Al cabo de uno o dos años el terreno es ya un herbazal con pequeños arbustos, y a los 10 o 15 años un matorral bajo con pequeños pinos lo recubre en buena parte. A partir de los 30 años el matorral es alto y los pinos están lo suficientemente crecidos para dar un cierto aspecto de bosque, pero habrá que esperar, en la región mediterránea, hasta unos 100 años para poder hablar de un verdadero bosque. A los 150 años, por fin, el bosque será un ecosistema maduro, con grandes árboles y una fauna propia, y habrán desaparecido todas las secuelas del incendio.




… pasado el incendio
Que el remedio no sea peor que la enfermedad … Una vez pasado el incendio no hay que precipitarse con trabajos de repoblación a ciegas; éstos solo son aconsejables cuando se trate de sitios con muy poca cobertura vegetal y mínima capacidad de rebrote y siempre valorando las características del suelo, para evitar una erosión o pérdida de éste con las propias labores, factor importantísimo a tener en cuenta. Muchas veces, la propia regeneración natural es mucho más aconsejable que cualquier actuación humana. En cualquier caso, siempre es conveniente el asesoramiento o la realización de un estudio previo hecho por especialistas, que aconsejen las actuaciones óptimas a llevar a cabo.
En caso de tener que repoblar, hay que utilizar especies autóctonas y facilitar el proceso natural de la sucesión propia de ese ecosistema a fin de aumentar su estabilidad y optimizar su potencial biológico intrínseco. Así, en solanas con vegetación muy degradada, para evitar la pérdida de suelo fértil durante los primeros años, se plantan herbáceas (gramíneas y leguminosas), tanto anuales como perennes, cuyos sistemas de raíces sujetan y retienen el suelo y mejoran la fijación de los nutrientes, proceso que facilita al posterior colonización por parte de plantas con mayores requerimientos. En otras comunidades se añaden plantones de determinadas especies de arbustos: espino negro, lentisco, brezo, etc. para asegurar una mayor cobertura vegetal que dé estabilidad al conjunto.
Donde se ha perdido la cubierta arbórea, es aconsejable utilizar caducifolios mezclados con pinos, previamente preparados en los viveros a fin de aumentar su supervivencia una vez plantados en el monte.


Desertización
Este largo proceso de regeneración natural puede verse interrumpido por causas naturales o, la mayoría de las veces, por actuaciones inadecuadas del hombre.
Así, las repoblaciones forestales con pinos y eucaliptos (que son pirófitos, o sea, muy combustibles) favorecen la aparición de más incendios (esta problemática está muy extendida en Galicía). De hecho es frecuente que los incendios se repitan cada 20 o 30 años, si no más a menudo, en las mismas zonas, lo que dificulta la regeneración natural del propio bosque.
Por otra parte, cuando se trabaja en una zona recién quemada para aprovechar la madera, el suelo se remueve, y esto facilita la acción erosiva de las lluvias torrenciales, tan frecuentes en la Península Ibérica. El resultado de todo ello puede ser que el terreno pierda su capa de suelo y, por tanto, se vuelva estéril para el crecimiento vegetal.
Por desgracia, amplias zonas de nuestro país se encuentrán ya de pleno en esta fase desertización.

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